‘Sin habitación propia’

14 julio, 2017

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Sin habitación propia es un libro híbrido que comienza con un breve estudio sobre el suicidio y el arte, para, inmediatamente después, contar en un relato los últimos momentos de cada una de las mujeres que se recogen en sus páginas. Los relatos, aunque conllevan, como cualquier obra de su género, una carga ficcional muy fuerte son absolutamente fieles a lo que cuentan las biografías de las mujeres recogidas. Para escribir este libro me pasé un año encerrada en la Biblioteca Nacional buscando información sobre ellas, y cuatro para redactar y comprender.

El colegio de psicólogos me dio acceso a revistas especializadas para no caer en ninguna mentira, para ser lo más fiel posible a todas y cada una de estas mujeres que merecían, merecen y merecerán un puesto destacado en la historia de la literatura por muchas razones.

Las poetas recogidas tanto en el libro como en la exposición son: 2016-04-03 17.25

–  Safo, a la que suicidó la historia. Fue la poeta de más éxito en su época, destacando sobre cualquier hombre que, en aquel momento, estuviera en el noble arte de los versos. Por eso, la acusaron de lesbiana y, dado que en aquel momento no era en exceso mal visto el amor entre dos personas del mismo sexo y, por tanto, no consiguió desprestigiarla, uno de aquellos poetas que se sentían vilipendiados por el éxito de una mujer, inventó su suicidio por el amor no correspondido a un joven que existió, sí, y fue su amante. La Iglesia destruyó la mayor parte de los pergaminos en los que se recogían sus poemas, por eso a nosotros ha llegado tan poco de su obra. Lo cierto es que Safo de Mitilene murió de vieja.

– Karoline Günderrode. Poeta enamorada y no correspondida, engañada por un hombre que no se atrevió a dejar a su mujer por poseer mayor fortuna que ella. Utilizada por otro hombre para poder casarse, finalmente, con su mejor amiga. No soportó el engaño, ni la traición.

– Teresa Wilms Montt. Casada con un alcohólico, un bebedor, un maltratador, se resistió a que aquella fuera la suerte que le deparaba el destino e inició relaciones amorosas con el primo de su marido y no acató la orden de dejar de escribir. Eso le costó el aislamiento, el alejamiento de sus hijas y, por último, la muerte.

Sarah Teasdale. Fue la hija menor del matrimonio entre John Warren Teasdale y Mary Elizabeth Willard. Desde siempre tuvo muy mala salud, lo que la mantuvo encerrada en casa hasta los 14, edad en la que comenzó a asistir al Hosmer Ayuntamiento.

Tuvo una aventura con el poeta Vachel Lindsay, pero se casó con Erns Filsinger el 19 de diciembre de 1914. Sarah creyó que Filsinger podía darle más estabilidad porque tenía más dinero. La ausencia de su marido a causa de sus negocios la sumió en una profunda depresión y acabó por divorciarse de él en 1929. Se mudó a dos manzanas del hogar de Filsinger y volvió a establecer contacto con Lindsay, de quien siempre estuvo enamorada y que, en esos momentos, estaba casado y con hijos. En 1931, Lindsay se suicidó. Teasdale no pudo sobreponerse a esta pérdida y acabó con su vida apenas dos años más tarde.

– Florbela Espanca. En 1917 se convierte en la primera mujer que se matricula en la Universidad de Lisboa para estudiar derecho. Florbela fue una firme defensora durante toda su vida de los derechos de la mujer. En 1919, sufre un aborto involuntario y comienza a presentar síntomas serios de desequilibrios. Dos años más tarde se separa de su marido, hecho que le lleva a recibir tremendas críticas sociales. Un año más tarde, y alimentando más las habladurías sobre ella, se casa por segunda vez. Corre el año 1923 y Florbela sufre otro nuevo aborto que desembocará en divorcio de nuevo. Dos años más tarde vuelve a casarse, pero Florbela no es feliz. Fue el día de su cumpleaños, el 8 de diciembre, y tras enterarse de que sufría un edema pulmonar, cuando se suicidó.

– María Polydouri. A los 19 años conoce al poeta Kostas Karyotakis, del que se enamora. Mantiene con él una relación que se rompería años más tarde, en 1925. Karyotakis era un hombre inseguro y María no pudo soportar los vaivenes del poeta. Después de esta ruptura, Polydouri viaja a París, donde reside durante tres años en los que se siente feliz. En 1928, se le diagnostica tuberculosis y debe volver a Atenas. De regreso a Grecia se entera del suicidio de Karyotakis. La salud mental de María, que era ya muy débil, se agrava. Después de cuatro años de internamiento en un psiquiátrico se quitó la vida.

– Charlotte Perkins Gilman. Siendo una niña, su padre les abandonó y su madre dejó a Charlotte y sus hermanos en casa de las tías Isabella Beecher Hooker, una sufragista, Harriete Beecher Stowe, autora de La cabaña del Tío Tom y Catherin Beecher. De sus tías, Charlotte toma el amor por los libros y el compromiso con la causa feminista. Su madre le prohibió hacer amigos y leer ficción. En 1932, a Gilman le diagnosticaron un cáncer incurable de mama. Luchó contra la enfermedad durante tres años, pero ante la imposibilidad de vencerla, optó ella, defensora aférrima de la eutanasia, por el suicidio con cloroformo.

– Alfonsina Storni. Le diagnosticaron un cáncer de mama y fue operada, pero la noticia la llevó a la depresión. Convirtió su carácter afable y alegre en una hondura de sombras. Se suicidó cuando tenía 46 años, arrojándose desde la escollera del Club Argentino de Mujeres. La leyenda que rodea su muerte muestra a una Alfonsina adentrándose lentamente en el mar.

– Antonia Pozzi. Hija de un importante abogado italiano, Roberto Pozzi, y de la condesa Lina Cavagna Sangiuliani. Antonia Pozzi crece en un ambiente represivo de fuerte moral católica. Estudia en el Liceo Clásico Manzoni de Milán. En 1930 se matricula en la Facultad de Filología de la Universidad de Milán. Allí comienza a frecuentar a sus coetáneos y se interesa por el arte europeo. Viaja por Europa, aunque donde se siente realmente ella es en la villa familiar de Pasturo en el Lecho. Allí escribe y estudia. En 1938, toma una sobredosis de barbitúricos. Su familia negó el suicidio por vergüenza social. Su padre destruyó su testamento y cercenó su obra, que sólo ha visto la luz a título póstumo.

– Karin Boye. Viajó por la Unión Soviética, Yugoslavia y Alemania llevada por su compromiso con las ideas socialistas. Era una mujer activa en labores editoriales y en grupos culturales de combate, fundó periódicos y se hizo pedagoga. Le preocupaba el clima bélico que vivía Europa. El dolor ajeno le comprime, le ahoga. Aquella empatía la llevaría a la muerte. Perdió aquella lucha existencial que mantuvo consigo misma y que se vio reforzada por el aumento del nazismo, los combates por los derechos de la mujer, etc… Boye se suicidó tomando somníferos. Un granjero halló su cuerpo yaciendo sobre una roca. Tenía cuarenta años.

– Marina Tsvietaieva. Vivió de cerca la Revolución Rusa y se quedó fuertemente impresionada por la ira y la violencia que usaban sus compatriotas contra la burguesía y la aristocracia. En 1917, su marido se une al Ejército Blanco. La hambruna de Moscú también afectó a la familia Efrón Tsvietaieva. Sin medio para mantener a sus hijas, Marina decide dejar a Irina en un orfanato para que consiguiera sobrevivir, pero ésta murió en aquel hospicio, víctima del hambre y las enfermedades.

En 1922, Marina comienza su periplo europeo detrás de su marido. En 1925, recalan en París, pero allí Marina jamás se sintió integrada en el círculo de escritores. Efrón comenzó a espiar para el Servicio Secreto Ruso, precursor de la KGB, y en 1937, regresa a Moscú junto a su hija Marina. Ambos fueron arrestados y acusados de la muerte de un desertor soviético y del hijo de Trotsky. Marina regresa a la Unión Soviética en 1939, donde es repudiada por todos. En 1941, Efrón es fusilado, y Marina y su hijo, trasladados a Yelabuga, donde jamás encontraron trabajo. Su hijo fue enviado a un campo de trabajo. Marina no pudo más con aquella vida que se le antojaba en exceso oscura. Se ahorcó, aunque no se sabe si aquel fue un suicidio inducido por las fuerzas de seguridad.

12189151_539836602845321_361067431504907994_n– Elise Cowen. Nació en una familia acomodada de Long Island. Sus padres se convirtieron en el prototipo del sueño americano: familia media que posee una buena casa, trabajo y dinero suficiente para no preocuparse de la comida. Quisieron transformar a Elise en la hija perfecta de aquella familia burguesa, pero ella jamás pudo adaptarse a tanta “normalidad”. No sacaba buenas notas, aunque era muy brillante. Asistió a Barnard, donde conoció a Joyce Jonson y Leo Skit. Tuvo un lío amoroso con su profesor de filosofía, Alex Greer. Elise se encargó de cuidar durante algún tiempo al hijo de dos años del profesor. Fue en casa de Greer donde conoce a Allen Ginsberg y comienza a tontear con las drogas. Después de graduarse en Barnard, Elise comenzó a trabajar como mecanógrafa, pero esto la deprimía aún más. Un día, y tras un fuerte escándalo en la oficina, la policía la desalojó del edificio y Elise se quedó sin empleo. Esto le costó la reclusión en un psiquiátrico. Sería durante un permiso dado por el médico para pasar unos días en casa de sus padres cuando Elise Cowen decidiera suicidarse. Saltó por una ventana que estaba cerrada.

– Sylvia Plath. Su padre, Otto Plath, profesor de la universidad y una autoridad en entomología, murió en 1940 durante una enfermedad que le fue debilitando lentamente. De él adquirió Sylvia su gusto por el estudio. Aquella muerte le marcaría para siempre, dejándole una sensación profunda de pérdida. En su primer año en el Smith College, Plath intentó suicidarse por primera vez. Este intento le llevó a un psiquiátrico, donde permaneció hasta su recuperación. A Sylvia Plath comenzaba a ahogarle la falta de dinero. Su estado emocional era cada vez menos estable, y así, enferma y sin dinero, se suicidó con gas.

– Alejandra Pizarnik. A pesar de todos los logros en su carrera profesional, Pizarnik no conseguía sentirse a gusto con su cuerpo, con ella. Sufría tremendamente por ser ella misma. Esta ruptura con su propio ser la llevó a visitar el psiquiátrico de Buenos Aires. En 1972, aprovechando un permiso del psiquiátrico, se quitó la vida ingiriendo 50 pastillas de Seconal. Antes había intentado suicidarse dos veces.

– Anne Sexton. Solo tenía lazos afectivo con Nana, una tía abuela que fue a vivir con ellos. Durante años, Nana fue su única amiga, su cómplice. A ella le contaba todo, en ella podía confiar. Un día, Nana comenzó a perder la cabeza y tuvo que ser internada en un psiquiátrico. Vivió atada al miedo de convertirse también ella en una “loca”. Se casó en 1948 con Alfred Muller Sexton II, Kayo, que comenzó a trabajar con el padre de Anne. Al principio el matrimonio era feliz, pero pronto Kayo tuvo que viajar más por asuntos de negocios y Anne comenzó a refugiarse en el alcohol y los hombres. La primera gran depresión, la que le llevó por primera vez a un psiquiátrico, fue la que sufrió tras el parto de su primera hija, en 1954. En 1955, tras el nacimiento de su segunda hija, recayó. Su médico, el doctor Martín Orne, la animó a dedicarse a algo creativo. Fue esa la primera vez que Anne Sexton acudió a un taller literario, el que impartía John Holmes. En él conoció a Maxine Kumin, de quien jamás se separó. Más tarde se unió al taller de Robert Lowell, donde conoció a Sylvia Plath. Cuando se enteró del suicidio de su compañera de curso, la maldijo por haberse adelantado.

Su carrera fue internacionalmente reconocida estando ella viva. Fue becada para escribir, profesora titular de la Universidad de Boston, ganadora del Pulitzer… Nada de esto podía con su mente, más fuerte que cualquier otra circunstancia y que la arrastraba irremediablemente al abismo de la depresión. En 1974 se suicidó encerrándose en el garaje de su casa y poniendo en marcha el motor de su coche. Antes, se había servido una copa.

– Marilyn Monroe. La vida de Marilyn fue una de las más terribles que se puedan encontrar. Rodó de casa de acogida en casa de acogida y, lejos de encontrar en ellas el amor que necesita cualquier niño, lo que encontró fue el desprecio de unas mujeres que veían en ella a una rival y el abuso de los hombres. Se convirtió en una de las actrices más cotizadas de Hollywood, pero también en la menos valorada en lo personal. Pocos vieron en Marilyn a una persona, casi todos vieron a una mujer que era todo sexualidad.

Marilyn careció por completo de formación, pero sus ganas de aprender la llevaron a leer todo cuanto cayera en sus manos. Su relación más destructiva, junto a la que mantuvo con Frank Sinatra, fue la que la unió a Arthur Miller. No pasó ni un solo día de su matrimonio sin que el escritor le hiciera notar su inferioridad intelectual con respecto a él. Los poemas de Marilyn aparecen sueltos en libretas, servilletas que guardó, en hojas huérfanas que iba juntando.

Por todas y cada una de ella merecía la pena cinco años de trabajo. Por ellas y porque no vuelva a suceder que  nos quedemos sin una habitación propia.

Carmen Moreno

Autora del libro Sin habitación propia

 

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